Un mundo sin pantallas: ¿utópico o distópico?
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Un mundo sin pantallas: ¿utópico o distópico?

No sabemos si un escenario sin pantallas, sin la mirada cautiva por la atracción de un pequeño espejo, permitiría la recuperación y reinterpretación de la palabra hablada y sus lugares

Ray Bradbury imaginó a mediados del siglo pasado un escenario distópico en el que no hubiera libros; una sociedad de ciudadanos abducidos por las pantallas. Fue en su obra Fahrenheit 451. ¿Podríamos hoy imaginar un mundo sin pantallas? Y un escenario así, ¿se vería como utópico o como distópico?

La pantalla cinematográfica estaba en un lugar, al que había que ir. La pantalla televisiva era un mueble al que había que darle un lugar en el hogar. La del ordenador personal hay que colocarla en un sitio (sobre una mesa, nuestras rodillas, en el suelo...). Y, finalmente, la pequeña pantalla del móvil debemos sostenerla con las manos. Ha transcurrido un siglo en el que el mundo confinado y expuesto en la pantalla se ha venido aproximando a nosotros hasta tocarnos. A todas estas distancias permanece y se multiplica hoy la pantalla, de ahí que podamos decir que, aunque haya llegado a tal cercanía, nos envuelve.

Su omnipresencia perturba modos y lugares de comunicación. Muy especialmente aquellos de la palabra hablada. El aula, la sala de reuniones, son espacios donde se manifiesta muy claramente esta dificultad para la palabra hablada. Y es que cuando el grupo de personas es reducido se puede dar un modo intenso de comunicación oral en el que la mirada es el arco de la palabra que se apoya en dos personas que se miran. Pero si hay por medio una pantalla, la del portátil, se desvía hacia ella la mirada de quien escucha y se pierde, sin destino, la de quien habla. Porque la pantalla no es la página de un cuaderno, donde replegar la mirada para convertir en trazos lo que se escucha, sino una ventana.

Hay otra pantalla, aunque invisible, que se interpone entre quien habla y quienes escuchan. Se siente especialmente cuando quien habla está frente a las demás personas, como en un aula tradicional, incluso realzada esta posición con una tarima. Lo que sucede entonces es el resultado de una constante influencia de la pantalla televisiva sobre nuestra recepción: inconscientemente, quien escucha en una sala interpreta que quien está hablando lo hace enmarcado en una pantalla y, por tanto, detrás, al otro lado, como está el locutor de un informativo, que mira a la cámara, pero no nos ve, así que no es necesaria nuestra compostura y atención. Nuestros gestos no salen de nuestro recinto privado, podemos levantarnos, sentarnos como queramos, hacer otra cosa, hablar, sin que se perturbe el discurso. Sería una sorpresa mayúscula que se detuviera y nos llamara la atención por nuestro comportamiento. Así que seguimos siendo televidentes cuando asistimos a lugares donde la comunicación se levanta principalmente a partir de la palabra hablada y del cruce de miradas.

Y aún falta una tercera pantalla en este espacio tan reducido, en el que todos los asistentes se ven y se pueden mirar. La coloca el propio orador, que acepta ya que esos arcos de la mirada para sostener la palabra se han venido abajo. Una pantalla grande a su lado en la que proyecta imágenes y texto, como recurso para aquello que de palabra vaya diciendo. Intenta atraer la mirada hacia su pantalla, para rescatar y mantener en lo posible la atención, aunque con voz en off.

En este mundo pantallizado y, por tanto, afectadas formas anteriores de comunicación, como la que acabamos de observar, es difícil imaginar un entorno sin pantallas. Quizá si completamos el proceso de aproximación de la pantalla, desde la del cine a la que sostenemos en la mano, con otro avance que la ponga tan cerca de nuestros ojos que, como cualquier otro objeto pequeño, no se perciba. Unas gafas o, más cerca, unas lentillas, o para un futuro otra forma más profunda de incorporación, difuminan la mediación y, lo que es más importante, derraman por nuestro entorno el contenido ahora confinado y enmarcado en una pantalla. Es la promesa de una realidad aumentada que permita que lo virtual encuentre su lugar entre nuestros objetos o se presente sobre ellos sin ocultarlos.

No sabemos si este posible escenario sin pantallas, sin la mirada cautiva por la atracción de un pequeño espejo, permitiría la recuperación y reinterpretación de la palabra hablada y sus lugares, o quizá encontráramos otras formas y espacios para la oralidad.

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla.


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