Kagkatikas Secret, de Quintessenz
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FIRMA INVITADA

¿Qué tienen en común un bifaz y un robot?

La vida es resistir al desorden de la entropía y para ello construye sin cesar cuerpos, fabulosas construcciones biológicas, una forma de orden (neguentropía).

Colocar en una mano un canto tallado y en la otra un móvil es como aproximar dos electrodos que hagan saltar una potente descarga eléctrica. En este caso un destello cegador de asombro: que de estas manos humanas hayan salido estas maravillas del ingenio. Unas manos conectadas a un cerebro y un cerebro conectado a otros cerebros. Y el resultado es un arco de creatividad que ha generado en lo que dura un fogonazo (para las extensiones del tiempo de otros procesos de este universo) un mundo nuevo que llamamos artificial: aquello que sin nosotros las leyes de la naturaleza no habrían podido producir.

Todo artefacto, desde una lasca hasta un robot, amplifica una función natural del ser humano, multiplica extraordinariamente la capacidad con la que la evolución nos ha dotado. Así que con cada artefacto dejamos fuera, en ese ingenio, algo que somos capaces de hacer, pero en compensación a ese desprendimiento recibimos el beneficio de que se potencia hasta grados increíbles (podríamos decir sobrehumanos). Además, los artefactos y sus funciones no flotan sueltos a nuestro alrededor, sino que todos ellos se interrelacionan y tejen un ecosistema artificial, que, más que nos envuelve, nos sostiene. Tal es así que si se desgarrara nos precipitaríamos en nuestra extinción, como a otras especies les sucede si se altera su entorno.

Si nuestra evolución humana es la historia de una incesante extraversión de lo natural a lo artificial, de las capacidades propias de la especie a artefactos que las amplifican y que crean un ecosistema del que ya la especie no puede prescindir, es inevitable que nos preguntemos hasta dónde se mantendrá esta extraversión. Hoy esta inquietud se acrecienta cuando esta enajenación ha llegado hasta tal punto que «con nuestras manos» y el soplo de la inteligencia hemos dado vida a unas criaturas a nuestra imagen y semejanza que, para procurar tranquilizarnos, les llamamos robots. ¿Puede haber mayor extraversión?

En la parte maquinal de los robots hemos dejado trabajos con una fuerza, precisión y constancia incansable, que ni anteriores máquinas, animales domesticados, cuadrillas, hábiles operarios han podido alcanzar jamás. En el robot controlador está depositada e intensificada la capacidad de atención y de respuesta a una cantidad tal de datos imposible para un cerebro humano. Y el robot asistente esta permanentemente dispuesto a atendernos, nos escucha y nos habla, se alimenta no principalmente de energía, como las máquinas, sino de información.., de la nuestra que le vamos transmitiendo en su compañía y de la del entorno para darnos respuestas. Un cuidado, una proximidad y una interacción que hasta ahora eran labor de otro humano; pero que ya estamos comenzando a transferir a estas criaturas nuestras.

Desde el primer útil de piedra hasta los incipientes robots hay un fascinante proceso de extraversión del ser humano en sus artefactos. Así que la cuestión que surge es si esta extraversión no nos vaciará, al quedar nuestra humanidad exenta, desprendida, abducida por los ingenios que no cesamos de construir.

¿Vacío? ¿Deshumanización? No, muy al contrario. A medida que dejamos fuera, en el mundo artificial, lo que la evolución natural nos ha aportado, queda, sí, un hueco, pero que posibilita la emergencia de otro fenómeno fabuloso de la evolución: se libera tiempo; burbujas de tiempo, «tiempo humano», no el universal y entrópico. Así que poco a poco vamos percibiendo lo que nos hace más humanos: tiempo propio. El que necesita nuestro cerebro.

¿Por qué necesita el cerebro respirar esta atmósfera de tiempo liberado que burbuja a burbuja se está creando? Porque le proporciona la oportunidad de desarrollar su descomunal potencial de crear orden a partir de conexiones neuronales sin fin, construcciones mentales con las piezas que son las neuronas. La vida es resistir al desorden de la entropía y para ello construye sin cesar cuerpos, fabulosas construcciones biológicas, una forma de orden (neguentropía). Así que ahora aparece la posibilidad de seguir esta resistencia y expansión de la vida construyendo un nuevo orden con otras piezas, que tienen unas capacidades combinatorias fabulosas. ¿Cómo será la vida que salga de ellas? ¿Y cuánto tiempo se podrá liberar en los humanos? Porque hasta ahora se ha constreñido por la necesidad implacable de la subsistencia (mantener los cuerpos exige mucha energía) y recientemente para sobrevivir a las necesidades nuevas y excesivas de una sociedad de consumo.

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

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25/08/2019
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