Imagen caleidoscópica de Times Square, en Nueva York.
Imagen caleidoscópica de Times Square, en Nueva York.
FIRMA INVITADA

Los primeros pobladores del mundo digital

Ante la atracción absorbente de la ciudad, nos preguntamos si habría otra forma de habitar el espacio que no fuera la aglomeración desmedida

Ante la atracción absorbente de la ciudad, ante la formación de megalópolis descomunales, nos preguntamos si habría otra forma de habitar el espacio que no fuera la aglomeración desmedida. De igual modo que la lignina posibilita los desarrollos en altura del mundo vegetal hasta crear grandes bosques, los materiales y estructuras resistentes han hecho posible que los humanos separemos los pies del suelo y vivamos unos encima de otros en pequeñas celdas. Con la civilización hemos vuelto, si no al bosque y a la ramas, sí a vivir despegados del suelo por el que echamos a andar y con el que comenzamos a desbrozar nuestro camino evolutivo.

También la ciudad hoy se nos presenta como una gigantesca máquina que genera un movimiento continuo. Transporta sin cesar objetos y personas de un lugar a otro, creando una agitación mareante si se presta atención a este desplazamiento sin fin. Como máquina que es, consume una fenomenal cantidad de energía que convierte en movimiento. Porque la aglomeración para que no se estanque tiene que estar en continuo movimiento: la actividad urbana. La ciudad es el mayor exponente del maquinismo de esta etapa última de la civilización que es la sociedad industrial, pues resulta la máquina más grande, envolvente y consumidora de energía para el trabajo inacabable de un movimiento constante.

La ciudad es un sistema abierto en el que no dejan de entrar y salir mercancías y personas. Desde sus orígenes ha sido cruce de caminos, pero con la revolución industrial máquinas para el transporte cada vez más poderosas trasladan objetos y personas en flujos inconcebibles antes del maquinismo, procedentes de cualquier lugar del mundo (y también de la ciudad al mundo). La máquina mantiene la ciudad: una máquina hecha de ingenios múltiples y engranados que consumen energía para que las cosas y los humanos se muevan. Sin esa agitación constante la civilización se desplomaría.

La tendencia indica que el flujo humano hacia las 'ciudades-máquina' seguirá. ¿Es incontenible este proceso, a pesar de que no todas las ciudades se muestran, ni mucho menos, esplendorosas y que, incapaces de cristalizar, son como costras sobre la superficie del planeta?

La ciudad es un sistema abierto en el que no dejan de entrar y salir mercancías y personas

¿Hay otra forma de habitar este planeta? Hemos comenzado una operación revolucionaria consistente en sustituir los átomos por bits. Desprovistos así los objetos de volumen y masa se les puede lanzar a gran velocidad (hasta el límite de la velocidad de la luz), con un gasto energético asumible y muy inferior al que habría que emplear si pesaran. Resultado: a velocidades tan altas y para las dimensiones de nuestro planeta, la impresión es de presencia, de que todo está al alcance, de que nos hay distancias que recorrer, pues la demora es imperceptible. De que todo tiene lugar en donde estemos. Los pequeños sellos bidimensionales de las apps, flotando en el espejo negro que sostenemos en la mano, representan la experiencia más generalizada y cotidiana: basta con que mentalmente revirtamos el sello al objeto —con su volumen y masa— que originalmente da esa función y que lo situemos en el lugar y a la distancia que tendría que ocupar para ser conscientes de cómo se manifiesta y nos alcanza el nuevo espacio, el espacio digital.

Ahora estamos en la orilla, donde dos medios se encuentran, como lo hacen la tierra y el mar. Es demasiado atrayente el nuevo espacio para que no mueva a pobladores que quieran explorar y explotar los recursos que contenga para una vida distinta. No podrá ser una migración inmediata y masiva, de igual modo que la urbanización no lo ha sido; ni tampoco muchos procesos evolutivos capitales, donde lo pequeño muestra su potencial transformador, ya que la evolución no es diseño sino tanteo.

Migración de ñúes y cebras en el parque nacional Masái Mara, en Kenia.

Quizá estén en mejores condiciones para la migración quienes van a trabajar en las nuevas profesiones que están emergiendo. Y es solo el principio, pues en muchas de ellas serán artesanos digitales los que las desempeñen. Así mismo, profesiones actuales reorganizarán su actividad para acercarse lo más posible al nuevo espacio y aprovechar sus posibilidades.

Para el asentamiento se necesita, evidentemente, la concurrencia de desarrollos tecnológicos muy variados pero de alguna manera cada vez más trenzados (5G, inteligencia artificial, robótica, cadena de bloques, internet de las cosas, impresión 3D…, nuevos materiales, nuevos alimentos). También será indispensable la profunda transformación de la logística del transporte y de la distribución de bienes.

Pero muy especialmente tiene que haber una revolución cultural que aporte valores distintos a los que están hoy incrustados en la mentalidad imperante y que lleven a apreciar formas de vida en que se planteen concepciones nuevas del tiempo, el trabajo y el ocio, el hogar, el entorno, la educación, las relaciones y los compromisos sociales, y a rechazar otros valores que ahora damos por inalterables.

Es tentador imaginar a estos nuevos pobladores reunidos en colonias, pero eso es una proyección de lo sucedido hasta ahora en la aventura de la ocupación de los territorios y extensión de las culturas. No tiene, sin embargo, que ser necesariamente así, y quizá se instalen en muy diferentes lugares y de múltiples maneras. Porque su cohesión no se dará por la concentración en un lugar, sino por la coincidencia en la explotación eficiente de las posibilidades que se abren al disponer de un espacio sin lugares, sin distancias, sin demoras.

Desde esta experiencia de vida, ¿qué posibilidad habrá de influir en la transformación del mundo tal como hasta ahora nos lo ha dejado la civilización y su revolución industrial?

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático de Universidad Carlos III de Madrid

La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla.

Retina

20/06/2019
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