Ilustración de Pinocho (1930)
Ilustración de Pinocho (1930)
FIRMA INVITADA

La cuarta revolución industrial es un invento

Nunca se ha visto una ruptura absoluta entre la Segunda Revolución Industrial y nuestro sistema económico

A todas nos suena aquello de que la Historia la escriben los vencedores. La Historia, desde el sentido común no es más que eso: el pasado tejido como un relato coherente. Hará una década, solo existían, de manera aceptada, e incluso consensuada en las academias de Historia, dos revoluciones industriales. En esta década, han aparecido dos nuevas en el imaginario popular. La última, situada en un espacio discontinuo temporal entre el presente y un futuro cercano. Es decir, no más que una hipótesis a la espera de ser confirmada por el tiempo. Perdón. Más bien, hablamos de la cuarta como si fuera un hecho concebido por completo, aunque no esté confirmada. ¿Pero, de dónde han salido estas dos revoluciones?

  • El supuesto momento en el que vivíamos

Hasta hará menos de diez años aceptábamos la convención de que vivíamos en una era posmoderna, posindustrial. Al menos desde las ciencias sociales de finales de los años 60 (Bell, Illich, Lyotard…). Es cierto que no existía una única convención específica para nombrar el tiempo en el que aun vivíamos.

Aunque sí estaba aceptado que nuestras sociedades, y economías, se caracterizaban por darle importancia a la acumulación, gestión y capitalización del conocimiento, desde los años 50 en adelante. Llamémoslo patentes, carreras universitarias, desarrollo tecnológico, o nuevos modelos sistematizados y estandarizados de producción.

Un cambio que había comenzado sobre todo a principios del siglo XX, con Taylor y Ford. No fue hasta la implantación de la informática industrial y comercial, allá los años 60 y 70, que permitiera una aceleración a esta lógica central de la gestión del conocimiento para el capitalismo de entonces (y ahora).

Marcó un momento histórico distinto. Distinto respecto a lo que se entendía como industrial: el sector de los servicios o terciario, como opuesto a la dureza de la máquina, pasaba de ser minoritario a ser cada vez más importante a muy diversas escalas.

La idea de lo posindustrial se amparaba con la idea de un “final de la Historia"

Entonces, se entendía que lo industrial representaba la manufacturación sistematizada como motor de un sistema moderno (capitalista, comunista o socialista, para esas épocas hasta las Guerras Mundiales). Entonces, el post de lo posindustrial simbolizaba la superación, la transmutación del peso del conocimiento y lo creativo, de los servicios y los procesos llamados en muchas ocasiones “blandos” o “de soporte”.

Además, lo interesante a nivel de narrativa sociológica, es que la idea de lo posindustrial se amparaba con la idea de un “final de la Historia”: el culmen de la civilización occidental en su punto más maduro. Idea que promovió con fuerza en las últimas décadas el investigador Fukuyama, entre otros.

A pesar de toda esta reflexión intelectual, recién han aparecido en el cronograma de nuestra Historia oficial dos revoluciones hasta entonces no consideradas.

  • La disputa de la Tercera Revolución, y una Cuarta que no existe por completo

Entre 2011 y 2012 se publicaron dos libros, que fueron best-sellers. Especulaban sobre una tercera revolución industrial inminente. De corte silicon-valleyniano, teníamos una obra del economista Jeremy Rifkin (La Tercera Revolución Industrial: cómo el poder lateral está transformando la energía, la economía y el mundo, 2011), y otra del gurú tecnológico Chris Anderson (Makers: la nueva Revolución Industrial, 2012).

En ambas obras pretendían apuntar, basándose en algunos avances técnicos, algunas transformaciones del trabajo o en las necesidades de recolección energética ante una inminente crisis climática, hacia posibles revoluciones económicas a punto de estallar.

Es decir, en ambos casos tomaban como referencias lo que en Estudios de Futuros se conoce como tendencias emergentes y “señales de cambio” como evidencias de un futuro inequívoco, inminente y transformador.

Paralelamente, en la otra orilla del Atlántico, el economista y, no olvidemos, fundador del World Economic Forum, Klaus Schwabb daba forma a la tesis con la que ya estamos familiarizadas de esta institución: la Cuarta Revolución Industrial.

De nuevo, con el mismo giro narrativo que propusieran Rifkin y Anderson con sus respectivas propuestas de presentes y futuros en construcción, Schwabb recopilaba aun más datos, muchos más datos, de tendencias tecnológicas emergentes, y señales de cambio en el mundo del trabajo y la producción, para, de nuevo, especular su propia versión de futuro probable. Todo ello condensado en sus libros, como La Cuarta Revolución Industrial (2016), y en los eventos anuales.

Nunca se ha visto una ruptura absoluta entre la Segunda Revolución Industrial y nuestro sistema económico

En su proceso teórico, introdujo una revolución industrial en el pasado. De la cual -obvio- no nos habían explicado nada ni siquiera a las generaciones más jóvenes. Él y su institución (WEF), comprendían que la ola de la electrónica (chips, placas, códigos, tarjetas perforadas…) y de la informatización de las empresas de los años 70, sería esa Tercera Revolución Industrial. También entraría el Toyotismo, el giro de tuerca que combinaba una nueva lógica de automatización y una primera robotización con nuevos modelos y procesos de producción.

No. No era una idea nueva ni original entender esta fase histórica como una revolución industrial. La propia teoría de la Era Posindustrial tiene críticas, pues en cierto modo nunca se ha visto una ruptura absoluta entre la Segunda Revolución Industrial y nuestro sistema económico. Desde un punto de vista tecnodeterminista y económico.

  • La tragedia del futuro inexistente

¿Por qué se especula sobre un hecho histórico que aún no está finalizado? Dejando de lado posibles teorías complejas que suenan conspiranoico, sobre la gestión de las narrativas, lo cierto es que unas décadas atrás, un modelo viejo de proyección de escenarios ha pervivido con nosotros. Se trata de la teoría de los ciclos tecnológicos y económicos.

Bajo esta teoría de la innovación, se entiende que toda la Historia de la Humanidad se puede diseccionar en fases o “ciclos” tecnológicos que han generado importantes transformaciones en otros espacios humanos. En la forma de organizarse las sociedades, en la prosperidad de la vida cotidiana, en sus culturas… Y que, además, se dice, ocurren cada vez con más proximidad entre sí, viendo una completa aceleración de estos ciclos.

Nada hay más peligroso que concebir que el futuro pre-existe y solo es uno

La idea del tiempo lineal, inexorable y cíclico tuvo su momento álgido a finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX. En economía tuvo su punto más célebre con la teoría de las ondas en torno a finales del XIX y principios del XX (por si suenan, Kondratiev y Elliott vistieron bien dichas teorías), y luego Schumpeter le dio más lustre e impulso con su célebre teoría de la innovación y el emprendedor. Aunque revisitada muchas veces, es la base que sostiene casi toda nuestra concepción de lo que es innovación.

Son los entornos tecnófilos quienes le han dado una nueva vida a la idea de los ciclos últimamente. Una historia larga. Da para muchos más textos. En resumen, esta forma de ver la Historia, y por extensión el Futuro, como un único, singular e inevitable escenario, son elementos culturales que han sumado en darle energía y validez a la teoría de que está cayendo una nueva revolución industrial.

Porque según el reloj de los ciclos, toca. Y porque parece que se puede apoyar en hechos e innovaciones tales como la emergencia de nuevas tecnologías (5G, IAs, y ya sabéis el resto del estribillo), de nuevas formas de trabajo (bueno, la gig economy tampoco es tan, tan nueva) y nuevas lógicas de producción: el Agile, la holacracia...

En el campo de Historia cada vez está muy discutida la teoría de los ciclos. Y en Estudios de Futuros provoca facepalms sonoros cuando solo se presenta un único relato de futuro basado en la teoría de ciclos. Nada hay más peligroso que concebir que el futuro pre-existe y solo es uno. Que solo lo ganarán quiénes lo “adivinen”. Como dijo el célebre (para el gremio) prospectivista Jim Dator, el futuro no puede ser predicho, ni adivinado, porque no existe.

Hacia donde vamos, nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que se abre un abanico de posibilidades y probabilides. Si vivimos una nueva revolución industrial, queda por ver. Lo que está claro es que existen ahora mismo renovaciones de la lógica industrial, mientras en paralelo se advierten otras lógicas muy diferentes de lo industrial, aunque más minoritarias.

La Cuarta Revolución Industrial podrá acabar cumpliéndose, como podrían darse otros escenarios económicos muy distintos. Por hacer un par de preguntas radicales: ¿Qué puede decir las lógicas P2P y los fab labs? ¿Qué implicará la emergencia climática? Hay muchos más escenarios de lo que parece. 

Elisabet Roselló es consultora en innovación y fundadora de Postfuturear

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