Ilustración del estadounidense Toma Vagner
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FIRMA INVITADA

¿Qué hacemos con el cuerpo en un entorno virtual?

Nuestra capacidad natural mezcla cada vez más el mundo que llamamos real y el virtual. Es nuestra naturaleza y también el poderoso empuje para la evolución humana.

Recelamos de aquello que es virtual. Lo interpretamos como ilusión, irrealidad, incluso como engaño de los sentidos. Así que vivir en el entorno virtual creciente, que el mundo digital está favoreciendo, puede verse como una inquietante amenaza de alienación.

Nos abrazamos a nosotros mismos y a otro cuerpo para sentirnos reales, frente a la inaprensible imagen en el espejo. La imagen especular y la sombra no tienen la gravedad de los cuerpos, pero se manifiestan tras la lámina del cristal o sobre el suelo y el muro. Presentes, pero a la vez ajenas. Y ahora tememos que por poblarse nuestro entorno de tantos y tan variados espejos dejemos de mirar a los otros cuerpos —de personas y de objetos— y veamos el mundo a través del cristal. Y es más, que terminemos sin darnos cuenta de si lo que vemos es cuerpo o reflejo. Porque el mundo hecho de ceros y unos es mucho más nítido y atractor, más convincente, que el del espejo de azogue.

La gravedad de los cuerpos hace que tendamos a aproximarnos y a que nos mantengamos compactados a través de incontables formas de relación entre humanos, entre humanos y otros animales, y entre humanos y sus objetos. La proxémica enseña cómo el cuerpo crea estas relaciones.

Esta gravedad, que llamamos corporeidad, se ve afectada por la virtualidad, que la debilita y hace que los cuerpos se disgreguen. Ciertamente esta distensión se viene produciendo no solo por lo virtual a lo largo de toda la evolución del ser humano, desde el calor de la primera hoguera en la noche, que hace que los cuerpos no se acurruquen tan apretados. Y es que no dejan de alejarse los cuerpos unos de otros. Así la ciudad, durante todo el fenómeno civilizador, aunque concentra a muchas más personas que el poblado o la banda, distancia con el anonimato a sus residentes. Y la escritura consigue transportar la palabra, por el espacio y el tiempo, pero a costa de perder algo tan corpóreo como hacer vibrar el aire para comunicar la palabra, que necesita la proximidad de otro cuerpo para ser escuchada antes de que rápidamente se desvanezca. 

Y con los desarrollos técnicos de la sociedad industrial esta dilatación se dispara. La fotografía es un espejo mágico que conserva la imagen reflejada, aunque el cuerpo ya no esté delante. Las tres dimensiones del escenario teatral, por donde se mueven los cuerpos en ese momento, se reducen a las dos de la tela en el cinematógrafo o de la pantalla electrónica en el televisor para reflejar escenas virtuales. Con el sonido sucede igual: oímos la voz que ya no ha salido de un cuerpo, sino que se ha recreado vibrando una membrana. Y el libro electrónico es un libro en el espejo, con páginas, pero sin hojas, sin volumen…

La realidad aumentada genera objetos virtuales que habitan entre nosotros, es decir, junto a los cuerpos a los que les afecta la gravedad… mientras que ellos se muestran ingrávidos. Así que lo virtual está cada vez más próximo. Y no es necesario referirse a esta RA, basta con mirar el espejo negro del móvil y los sellos bidimensionales e ingrávidos de las apps: cada uno es la virtualización de un objeto, de un artefacto, con volumen y peso, alejado de nosotros hasta el punto de no conocer su localización, y que no tocaremos, pero disponiendo de toda su función en nuestra mano.

Y la realidad virtual es el extremo de este desapego que comenzó con la hoguera, porque supone atravesar la superficie del espejo y perder la referencia de lo que hay de este lado. Es semejante a pasar a un estado de ingravidez absoluta. El alejamiento es total. Te privas de asirte a nada que pese, todo es virtual. Y el cuerpo comienza a responder a esos estímulos. Pesa tanto el cuerpo en nuestra concepción del mundo que una inmersión en tal escenario ingrávido se nos presenta entre fascinante y turbadora. La clave está en que no se nos olvide el camino de retorno.

Nuestro propio cuerpo lleva en su interior, en la complejidad asombrosa del cerebro, la fuente de los mundos virtuales: mundos como el sueño, la memoria, la imaginación, la previsión… Y esa capacidad natural se vierte y va empapando de virtualidad el entorno, mezclando cada vez más el mundo que llamamos real y el virtual. Es nuestra naturaleza y también el poderoso empuje para la evolución humana.

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

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La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla. 

Retina

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