Cartel de Frankenstein, de 1931
Cartel de Frankenstein, de 1931

Determinismo tecnológico: ¿controlamos a la tecnología o nos controla ella?

¿Pintamos los humanos algo en el avance tecnológico de la sociedad?. Los defensores del determinismo tecnológico creen que no demasiado. “No toda innovación es progreso”, aseguran sin embargo no pocos filósofos.

Se nos dice que vienen los robots, que viene la automatización, que viene la inteligencia artificial, que ya se acerca el transhumanismo, los ciborgs, que el único progreso es el progreso tecnológico. Pero, ¿vienen solos o los trae alguien? ¿Tiene la tecnología un desarrollo autónomo más allá del control de los humanos? ¿Es todo esto inevitable? Es decir: ¿pintamos los humanos algo en esta historia?

El debatido concepto del determinismo tecnológico tiene que ver con todas estas preguntas. Sus defensores opinan que la evolución tecnológica ya va sola, a su aire, sin la guía de los seres inteligentes basados en el carbono (nosotros). Si algún avance científico o tecnológico es posible, se dice, alguien en algún lugar lo acabará llevando de la potencia al acto.

“Desde mi punto de vista es una ideología que justifica un determinado orden social”, opina José Antonio López Cerezo, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Oviedo, “y que tiene como objetivo apuntalar la tecnocracia”. Se equipara aquí el modo en que se suceden las generaciones de automóviles o microchips con los linajes de seres vivos que evolucionan mejorando su eficiencia. “Esta ideología propone con la tecnología sea el principal motor del cambio social”.

Formas de ver el determinismo

Para los historiadores, según relata Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga, el determinismo tecnológico quiere decir que los avances tecnológicos no solo influyen, sino que determinan la historia. Las trazas de estas ideas se pueden rastrear ya en la obra de Karl Marx; para algunos estudiosos, como Lynn White Jr., la invención de algo tan sencillo como el estribo (que permitía dominar al caballo con los pies y dejar las manos libres para batallar) determinó la sociedad feudal, así como la máquina de vapor la sociedad industrial. 

Otro punto de vista respecto al determinismo tecnológico es el de los filósofos de la técnica. En su versión fuerte, como la que defiende Jacques Ellul, la tecnología tiene unas leyes y unas dinámicas propias mas allá de la voluntad del ser humano. “Una vez puestas las condiciones iniciales”, explica Diéguez, “ese desarrollo nos llevará donde nos lleve, aunque sea al desastre”. Es de notar que la obra de Ellul, La edad de la técnica, data de 1955, mucho antes de la revolución tecnológica actual.

En su versión más débil, como la que propone el estadounidense Langdon Winner (véase su obra La ballena y el reactor), es cierto que la tecnología va avanzando con autonomía, pero sí que existe la posibilidad y el deber de dominarla. Para este autor el sonambulismo tecnológico es esa falta de conciencia en las sociedades sobre lo que supone el impacto de la tecnología: la tecnología no es neutral, responde a intereses y tiene profundas implicaciones en el mundo en el que vivimos cada día. Aunque muchas veces la aceptemos acríticamente, como si fuera un fenómeno natural (como algunos aceptan también las crisis económicas).

¿Tecnocracia?

En estos puntos de vista, la tecnología deja de ser un objeto pasivo para convertirse en un objeto activo. “Se trata de una forma de hablar muy controvertida”, dice el sociólogo Jesús Romero Moñivas, profesor de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). “Los críticos de la existencia del determinismo siempre han hecho hincapié en que la tecnología no es un alguien y que por tanto no puede imponer nada”. Surge entonces la sospecha sobre los humanos que se esconden detrás, los creadores, los diseñadores, los tecnólogos. “Es lo que he llamado una tecnocracia activa, una élite de técnicos que toman decisiones sobre la marcha de la sociedad”, dice el sociólogo. También existe una tecnocracia pasiva, "según la cual no hay un gobierno de técnicos sino un gobierno del propio sistema tecnológico”.

El determinismo, pues, actuaría de manera muy sutil: nuevas armas transforman la forma de hacer la guerra, nuevas técnicas arquitectónicas cambian la forma de vivir… “Determinismo también es levantarte tarde porque tu despertador se ha estropeado o la necesidad de aprender nuevos códigos comunicativos para hablar por WhatsApp”, apunta Romero. “La sensación de que nuestra vida depende de un complejo entramado tecnológico”.

En el extremo opuesto del determinismo tecnológico se encuentra la idea del constructivismo social de la tecnología, o el determinismo social: estas doctrinas, promovidas por autores como W. Bijker o Trevor Pinch, postulan lo contrario: que la tecnología está en realidad determinada por los agentes sociales, que el cambio tecnológico está determinado por el cambio social. “Ni una ni otra idea me parecen satisfactorias, no por buscar el punto medio aristotélico o una postura neutra y descafeinada, sino porque me parece más plausible la combinación de ambas posturas, como defienden autores como Thomas Hugues”, dice López Cerezo.

Algunas de estas formas de verlo defienden que en sus estadios iniciales las tecnologías son más fácilmente dirigidas por los agentes humanos (hay menos información y más control), pero según se desarrollan van ganando autonomía (hay más información y menos control). Esto se ha llamado el dilema del control. Por ejemplo, al comienzo de su existencia había más posibilidad de actuar sobre Internet o los smartphones: hoy en día están tan imbricados en la sociedad, en nuestras formas de vida, que es inimaginable hacer grandes modificaciones o erradicarlos.

¿Es imparable el progreso tecnológico?

Se suele difundir la idea de que el progreso tecnológico no solo es imparable sino que es siempre deseable. Un ejemplo muy cotidiano podría ser el del conflicto entre el sector del taxi y las VTC. No es raro escuchar en tertulias o leer en artículos de prensa que las plataformas digitales son el progreso y que por ese mero hecho están bien como están, que hay que amoldarse a la nueva situación. “Son tópicos muy extendidos y que interesan a los centros tecnológicos de poder que se reparten por el mundo, como Silicon Valley”, opina Diéguez. “Pero es una ideología empíricamente falsa. De hecho, no todas las posibilidades de la tecnología se llevan a cabo, solo las que responden a ciertos intereses”.

Una prueba es la tecnología nuclear, cuyo discurrir se vio modificado por presiones de grupos ecologistas y pacifistas. La Unión Europea y los gobiernos, aunque tengan problemas para adaptarse a la velocidad de los cambios, se plantean regular asuntos como la robótica, la inteligencia artificial o la ingeniería genética.

¿Cómo pueden los poderes públicos tomar las bridas del caballo? No es sencillo, y se plantean problemas de carácter filosófico de profundidad: “¿Qué es una tecnología buena?”, se pregunta Romero. “¿Qué son realmente efectos nocivos de una tecnología? ¿Qué ideología se esconde tras determinas tecnologías? ¿Qué aspectos de la sociedad o del ser humano no pueden bajo ningún concepto ser transformados o condicionados por la tecnología?”. Se podrían resumir, al fondo del asunto, en una cuestión de peso: “¿Qué es el ser humano y cómo ha de vivir?”, plantea el sociólogo.

“El determinismo es una tesis cuya función ideológica es la de hacer creer que los asuntos realmente importantes son de naturaleza técnica”, dice López Cerezo, “y que, por tanto, los técnicos son los que están en condiciones de tomar las decisiones oportunas: no hay espacio para la intervención ciudadana o la ética, que se ven como interferencias”.

En el advenimiento de la inteligencia artificial, en el movimiento transhumanista, que propone con optimismo el mejoramiento tecnológico del ser humano o en la anunciada (por algunos) singularidad tecnológica (el momento en el que la inteligencia artificial supere a la humana), se ponen de manifiesto estas cuestiones. “La pregunta que deberíamos hacernos es qué es el progreso real”, concluye Diéguez, “porque no toda innovación es progreso. El determinismo es una tesis ideológica y paralizante que se usa de manera interesada”.

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