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Felipe González, entonces secretario general del PSOE, reunido con familias de mineros en 1982.
Felipe González, entonces secretario general del PSOE, reunido con familias de mineros en 1982. Cover/Getty Images

En la Transición no había Twitter

Las redes sociales han favorecido la política tribal que rompe los consensos. Pero no echemos toda la culpa al sobrevalorado pajarito azul

Explica así Celia Villalobos por qué ha puesto fin a sus más de 30 años como diputada: “No me gusta la política de hoy, superficial, el Twitter”. ¿El Twitter? ¿Son las redes sociales las que han degradado el debate público? No es la única que lo cree. Jamie Bartlett, el último ciberpesimista, sostiene en su libro The People vs Tech que internet está destruyendo la democracia. Porque la Red nos lleva a la “política tribal y emocional”, en la cual “la lealtad al grupo y la ira desbancan a la razón y al compromiso”.

En dosis de 280 caracteres, se difunden discursos maniqueos que empujan la marea populista y agrietan los consensos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. Un ejemplo de historia-ficción: ¿Serían posibles negociaciones tan ambiciosas como las que permitieron la Transición española ahora, con los tuits piando en los móviles de los padres de la Constitución, con bulos circulando por Whatsapp sobre lo que se estaba negociando?

La influencia política de las redes es difícil de rebatir. Obama ya se apoyó en Facebook para darse a conocer. Trump lanza un torrente de tuits cada mañana. Bolsonaro prefirió sembrar mensajes en Whatsapp que acudir a debates. Dicen que tuits como el de las “155 monedas de plata” decantaron a un titubeante Puigdemont en las horas decisivas del procés. Vox supera a los demás partidos en Instagram. Triunfa el manual de Steve Bannon, alentador global del nacionalpopulismo.

Un momento: miremos otros factores que nos han llevado hasta aquí. La crisis de 2008 desprestigió a los partidos, al capitalismo, a todas las instituciones. Otros se remontan a la ola neoliberal de los ochenta, la de Reagan y Thatcher, que ahondó en el individualismo y la desigualdad. Alguno dirá que las guerras culturales que aún se libran empezaron en 1968.

 Hoy tenemos una política cortoplacista, irreflexiva, en la que manda la comunicación sobre los principios.

Quizás todo venga de mucho, mucho más atrás. Investigadores de Texas y Princeton han publicado en PNAS un estudio demoledor: los discursos políticos tienden, sí, a la simpleza y a la demagogia… desde hace un siglo. “La receta que probablemente ayudó a Trump a convertirse en un candidato presidencial exitoso se puso en marcha casi 100 años antes de que asumiera el cargo”, afirman los autores.

Lo que tenemos hoy es una política cortoplacista, irreflexiva, en la que manda la comunicación sobre los principios. El diagnóstico es más complejo que endosar la culpa al sobrevalorado pajarito azul. En 1978, tiempos más difíciles que los actuales, los políticos fueron capaces de pensar más allá del próximo comentario, el próximo telediario y la próxima encuesta.

Elijamos, entonces, bien la pregunta: ¿Twitter ha empobrecido la democracia? ¿O, más bien, hacemos tanto caso a Twitter porque la democracia se ha empobrecido? No es lo mismo.

Retina

19/10/2019
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