Si ese mocoso puede, yo también
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Si ese mocoso puede, yo también

La próxima vez que te sientas tentado de arrojar la toalla con el aprendizaje tecnológico, fíjate en los niños

Muchos de quienes no son nativos digitales sienten que se encuentran en franca desventaja por el simple hecho de haber nacido demasiado pronto. Estas personas sienten un cierto complejo de inferioridad porque ya estaban en el mundo antes de la Era de Internet y miran con envidia y recelo a esos jóvenes que parecen haber salido del vientre de sus madres con una tablet bajo el brazo. Para quienes palpan el temor –infundado pero muy real- de que el DNI actúe como una barrera insalvable que les impida aprender a desenvolverse en los nuevos entornos tecnológicos, existe un remedio que está muy a su alcance: fijarse en los niños.

Se diría que los más pequeños tienen un don para todo lo que tenga ver con la tecnología o la digitalización, que aprenden a descargarse aplicaciones de móvil antes que a atarse los cordones de los zapatos. Pero, ¿de dónde les viene esa destreza? ¿Por qué lo que para una persona de otra generación puede suponer una auténtica odisea, como aprender a manejar un nuevo software o dispositivo, ellos parecen vivirlo de un modo natural y sin traumas? Si uno ahonda en la razones de esa aparente facilidad, descubre que no tienen nada que ver con que los más jóvenes vengan dotados con capacidades digitales sobrenaturales ya de serie. Ni con el hecho de que no hayan conocido el mundo tal como era antes de la explosión tecnológica. Sus habilidades proceden de la manera en que los niños aprenden. Tecnología y cualquier otra cosa.

  1. Para ellos es un juego. Jugar es una de las mejores maneras de aprender cualquier disciplina. Los aprendizajes más efectivos son aquellos que están asociados a un componente lúdico. Todos los seres vivos avanzados -no solo los humanos- aprenden mejor y más deprisa en un contexto de juego. Los juegos son ensayos controlados sin la presión de tener que responder con lo aprendido en una situación real. Los niños aprenden a ser adultos jugando a serlo.
  2. Son curiosos. Los niños son curiosos por naturaleza (deben serlo para desarrollarse). Viven todo lo nuevo como un reto, no como una amenaza. Nada les motiva más que desentrañar misterios, y si hay algo que no saben, no tendrán problema en preguntarlo las veces que sea necesario.
  3. No se amilanan ante las dificultades. Su ingenuidad hace que quieran abordar cualquier empresa, aunque a veces esta exceda claramente sus capacidades actuales. ¿Pero acaso no es esa actitud mejor que lo que hacen muchos adultos: acobardarse ante el primer obstáculo por pequeño que sea?
  4. Sienten frustración, pero no miedo. De acuerdo, los niños no son un ejemplo ni de paciencia ni de tolerar bien los reveses. Pero pese a que puedan agarrarse una rabieta de padre y muy señor mío cada vez que algo no les sale como ellos esperaban, ese fracaso no va a derivar en miedo. Volverán a intentarlo una vez superado el disgusto.
  5. Se zambullen. Si quieres aprender bien algo, dedícate a ello. Los niños sienten que disponen de todo el tiempo del mundo para resolver los enigmas del universo. No entienden de relojes, ni de deadlines. Le dedicarán a lo que tengan entre manos el tiempo que consideren oportuno, y solo se detendrán cuando sientan que la tarea ha dejado de divertirles o estimularles.
  6. Son intuitivos. Por una mera cuestión de falta de horas de vuelo, su bagaje intelectual es limitado y sus referencias escasas. Pero eso no les detiene. Aprenden rápido y usan la intuición y la creatividad para llegar hasta donde su conocimiento racional no alcanza.
  7. Se adaptan. Hacen un uso utilitario y efectivo de sus aprendizajes. Maximizan los recursos con los que cuentan y aplican inmediatamente los conocimientos adquiridos a las actividades de su interés, ya sea jugar a videojuegos, buscar información en internet para hacer los deberes, ver vídeos en Youtube o conectarse al Skype para hablar por vídeo conferencia con sus abuelos.
  8. Extrapolan. Muchas veces nos arranca una sonrisa de ternura ver cómo un niño pequeño desliza su dedo por la pantalla del televisor o de un ordenador no táctil. Bueno, tal vez no deberíamos reírnos tanto, sino aplicarnos el cuento. Porque el modo en que estos pequeños extrapolan y aplican sus conocimientos a contextos similares, sin miedo al error, es un poderosísimo acelerador del aprendizaje.

En definitiva, fijarse en los niños puede ser un gran aliado para subirse a la ola digital. Así que la próxima vez que te sientas tentado de arrojar la toalla y pienses que llegas tarde a la fiesta de la revolución digital, fíjate en los niños y haz esta reflexión: Si ese mocoso puede, ¿por qué no voy a poder yo?

Fernando Botella es CEO de Think&Action.

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