David Copperfield en 1984
David Copperfield en 1984
Magia (potagia)

Inteligencia artificial en vez de polvos mágicos

Los magos han encontrado en algunas nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial y los algoritmos, un ayudante indispensable para sus espectáculos capaz de seguir sorprendiendo al público

El mago de sombrero de copa, varita mágica y abracadabra ha cambiado los conejos en la chistera por interactuar con la inteligencia artificial. Un arte tan tradicional como la magia, lleno de trucos manuales, donde aparecían y desaparecían cartas, ha evolucionado de la mano de las nuevas tecnologías. Lo único que se mantiene intacto es su capacidad de sorpresa. El público presente quedará boquiabierto ante algo aparentemente incompresible y con la eterna pregunta de cómo lo ha hecho. Aquí no desvelaremos estos interrogantes del gran truco final, sino cómo los nuevos Houdini escapan con asistentes de voz, impresoras 3D o un smartphone. ¡Qué comience el espectáculo! 

Empecemos por algo sencillo. Casi todos tenemos un teléfono. La idea es sacarlo del bolsillo y levantarlo. En un abrir y cerrar de ojos, las pantallas bloqueadas cambian por un cuadrado rojo. A los pocos segundos son verdes y, si queremos, negros. Sin tocar ni un solo botón. Sin acercarnos a nada, solo desde el escenario, manejamos todos los smartphone del público. El mérito es de Tom London, un mago ya retirado que de adolescente aprendía de tecnología siendo hacker y para quien en todos sus números tenía que haber algo técnico. “Lo único que intentaba era crear unos sistemas que distrajeran a la audiencia. La importancia de la tecnología es fundamental. Incluso algunos ilusionistas desarrollan la suya propia. Si quieres ser bueno, la necesitas”, argumenta London.

Después de los primeros aplausos, vamos a participar directamente con el público. Subimos a uno aleatoriamente. Le pedimos que abra una red social, por ejemplo Twitter. Hacemos un scroll rápido por sus seguidores, tiene centenares, y se detiene al azar en uno. En todo momento había una caja en el centro que hemos comprobado que estaba vacía. Después de mirar el perfil de este seguidor, un poco de magia… y sale de dentro de la caja. Ovación cerrada para Jorge Blass, que es el creador de este truco. “A mí me gusta combinar la tecnología con algo orgánico y tangible. En este caso, solo la primera parte, en la que se selecciona a alguien, no sería suficiente para impresionar a la audiencia. Que se teletransporte y aparezca físicamente es lo que completa la ilusión”, explica.

Blass, quien ha incorporado progresivamente la tecnología, entiende que los elementos más mecánicos de su show, por una cuestión de eficiencia y fiabilidad, han de sustituirse por las herramientas técnicas disponibles. Un claro ejemplo es la de cambiar las típicas cajas por impresoras 3D. En su caso, las utiliza para aparecer en mitad del escenario como si le imprimieran poco a poco. “Me ha ayudado a explorar otras posibilidades, a crear efectos imposibles y a conectar con un público que, como a mí, nos apasiona la tecnología”, añade. La misma idea la comparte London, que incluso sugiere un matiz a la propia figura de los prestidigitadores: “En sí mismo somos innovadores y ampliamos el posible desarrollo de la tecnología”.

Hogwarts en la vida real

Antes de proseguir con el espectáculo, pongamos todas las cartas sobre la mesa. Algunas de las ilusiones no las crean directamente los magos. Unos investigadores de la universidad Queen Mary de Londres aplicaron la inteligencia artificial a un truco de naipes que llamaron Phoney. Gracias al desarrollo de un algoritmo complejo utilizado para resolver el llamado problema del vendedor ambulante, consiguieron que una app adivinara qué carta iba a cogerse basándose en el color de las que tenía alrededor. Tal y como detalla Howard Williams, uno de sus creadores, no es infalible. Este software tiene un margen de error casi del 20%. “Para nosotros la presencia de un mago es clave aunque un teléfono le ayude. Sin ellos, el impacto no sería el mimo”, zanja.

Aprovechando que la inteligencia artificial ha salido a escena, incorporémosla al show. Los asistentes de voz nos rodean. Hemos decidido que Alexa nos ayude un poco. Alguien del público sube, coge una carta de la baraja francesa que solo esta persona sabe y le pedimos que mire a una cámara mientras piensa en el palo y el número. 

- Alexa, ¿cuál es la carta?

- Hola, Tom. Álex ha cogido el nueve de corazones.

La enseña y ahí aparece el nueve de corazones. Grandes aplausos entre los asistentes combinados con ciertas caras de incredulidad. London no desvela cómo lo ha conseguido, pero nos deja una pequeña pista: “Con buenos conocimientos de programación puedes obtener grandes soluciones”. Sin embargo, esta exigencia técnica es la que le ha arrastrado fuera de los escenarios. “He dejado la magia porque para mí era doloroso ver cómo daba igual la forma en que desarrollaba la tecnología. La gente no sabe cómo funciona y eso es grave”, lamenta.

Para Blass también existe cierto riesgo de que la tecnología desvirtúe su labor. Como asegura, este desconocimiento por parte del público les puede llevar a pensar que todo es posible. Ahí sería donde el ilusionismo perdería su nombre. “Para que haya una sensación de magia, la gente debe tener la certeza de que lo que está viendo es imposible”, sugiere. Para mantener este equilibrio con la técnica, pone el ejemplo de que hace poco tiempo coincidió con un coreano que llevaba un montón de gadgets secretos impresos en tres dimensiones que le permitían que aparecieran todo tipo de pañuelos y cartas. Ahora, en el truco final, solo queda pronunciar las palabras: Alexa, ¿en qué carta estoy pensando? 

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