Cuando el museo quiere que te saques un selfi con el cuadro

Cuando el museo quiere que te saques un selfi con el cuadro

Cada vez más visitantes sienten que la experiencia en una exposición es incompleta si no pueden hacerse fotos y los museos se están poniendo al día

Conseguir un selfi que demuestre que “has estado allí”, en una exposición frente a un cuadro famoso. Esta es la premisa de Art in the Island, un museo interactivo situado en Filipinas que ofrece al público fotografiarse junto a La Gioconda o con una obra de Van Gogh (réplicas, eso sí). La galería asiática hace alarde de transgredir las normas de las instituciones de arte tradicionales donde, en la mayoría de los casos, está prohibido hacerse fotos y, según opinan desde este museo, reducen al espectador a un observador silencioso que no puede interactuar con la obra. Las redes sociales y la cultura del selfi son el abono ideal para que los espacios que invitan al público a autoretratarse estén colgando el cartel de “entradas agotadas”.

Pero, ¿se trata de una nueva expresión artística producto de la transformación tecnológica? ¿O más bien se reducen a seguir una tendencia del mercado, en este caso, el gusto del público por Instagram? Lucía Agirre, curator del museo Guggenheim de Bilbao, opina que son lugares que se asemejan a parques temáticos. “Una cosa es fomentar la interacción del público con el arte y que la gente se haga selfis, pero otra muy distinta es crear espacios con este fin específico”, reflexiona.

  • Furor en Instagram

El Museum of Ice Cream es una de las nuevas galerías que promociona la experiencia “física y digital” entre el público, una actividad en auge en Estados Unidos. En sus diferentes salas, pintadas en color rosa pastel, los espectadores pueden sumergirse en una piscina llena de confeti o posar junto a una cortina hecha con bananas. Escenarios con unos rasgos visuales muy fotogénicos. La muestra, que arrancó en Nueva York en 2016, ha agotado localidades este año en su paso por Los Ángeles y San Francisco. Este diciembre ha inaugurado exposición en Miami a 38 dólares la entrada.

Las más de 103.663 imágenes publicadas con el hashtag #museumoficecream y los 277.000 seguidores en Instagram prueban el papel estratégico de la red social en el éxito de la muestra (el hashtag #museoguggenheim cuenta con 15.000 imágenes). A pesar de los datos, desde la organización prefieren no valorar el papel de las redes sociales en la popularidad de Museum of Ice Cream. Otras exposiciones que han nacido con la misma vocación y han arrasado entre los espectadores son la Color Factory, situada en San Francisco, o la 29Room, que acaba de estrenar en Los Ángeles.

Los museos tradicionales no quedan al margen de la cultura del selfie. La experta en arte moderno del Guggenheim reconoce que cada vez más visitantes sienten que la experiencia en una exposición es incompleta si no pueden hacerse fotos. “Los museos no escapan a los cambios sociales y este tema nos preocupa, está en continuo debate. No obstante, hay que tener también en cuenta la seguridad de la obra y los derechos de autor”, cuenta Agirre. Esto implica que el artista dé permiso al museo para que la obra se pueda difundir a través de las redes sociales o que se digitalice. La directora digital del Museo Judío de Nueva York, Jai Jai Fei, es crítica en este punto con las instituciones, con el “miedo” al copyright y a la reproducción online del contenido.

  • Si tienes internet, tienes una entrada

“Con Internet solo podemos ganar al abrir el material intelectual a todo el mundo. Las instituciones tenemos que reclamar nuestra autoridad como expertos haciendo que las imágenes estén disponibles en la red, subiendo textos o catálogos. Así todo el mundo con conexión a Internet podrá tener acceso”, defiende en una charla TED sobre transformación digital en el arte. Fei considera que las exposiciones que tienen más éxito en redes sociales son las que más público offline reciben y que, en definitiva, no son experiencias sustitutorias.

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En el Guggenheim de Bilbao, según reconoce Agirre, siempre que han contado con el permiso del artista han habilitado un punto específico para sacar selfies. Y es que más allá de la nueva corriente de exposiciones que beben de los autorretratos del público, hay artistas contemporáneos que fomentan la interacción con la obra. Es el caso de Yayoi Kusama, que suma más de medio millón de imágenes en Instagram de su muestra Infinity Rooms, que ahora está expuesta en el museo The Broad en Los Ángeles. Se vendieron más de 50.000 entradas en la primera hora. En cada una de las seis habitaciones de la exposición, el público tiene 30 segundos para sacar una fotografía aprovechando los juegos de espejos, luces y colores de la obra de la artista nipona.

João Fernandes, subdirector del Museo Reina Sofía, se muestra crítico con el selfi. “En las redes sociales el público comparte su cotidianidad y se genera una cadena de multiplicación de deseos. La gente quiere ver lo que los demás han visto, estar donde los demás han estado. Muchas veces el público visita sitios pero no los ve, se hacen la foto solo para decir “yo he estado allí”, reflexiona. Fernandes considera que este deseo de compartir vivencias puede empobrecer la experiencia del arte y de la vida. “Si el objetivo es poner en circulación una foto, se trata de una forma más de propagación del consumo”, opina. El experto aprecia positivamente la gran cantidad de información que Internet pone a disposición del público y las posibilidades de difusión que brindan las redes sociales a los museos, pero considera que la saturación informativa lleva al deterioro de la interpretación crítica y la generación conocimiento. La solución es la apuesta por la transformación de la comunidad online en una experiencia física que sirva para que personas diferentes compartan el arte en un espacio. “Los cambios suceden cuando la gente, después de movilizarse en la redes, sale de su casa. La tecnología no puede generar un autismo del colectivo”, zanja.

Galerias de Instagramers

Las muestras que exhiben fotografías de usuarios de Instagram se han multiplicado en los últimos años. La red social alcanzó el pasado septiembre 800 millones de usuarios en el mundo, un mercado que no deja de crecer cada semestre.En Madrid, las imágenes de la Instagramers Gallery empapelan las paredes de la Fundación Telefónica desde hace tres años. El objetivo de esta comunidad fue reconocer el trabajo y valor artístico de los fotógrafos móviles, según explica el fundador de este proyecto, Phil González. “La idea era darle a la fotografía en Instagram un estatus de arte social, un reconocimiento que no tenía. El arte está en la calle desde hace años y hoy con los móviles se crea y se comparte en unos segundos en pantallas que llevamos todos en el bolsillo”, explica.

Para el fundador de la Instagramers Gallery la cultura del selfie nunca habría sido tan popular sin Instagram como medio de difusión mundial. “El gusto por sacar fotos de pies en la playa, de gente saltando o de desayunos simétricos en hoteles, el llamado postureo, ya existía desde hace siglos. Ahora podemos compartirlo con millones de personas”, dice. En esta red social se suben más de 100 millones de fotos al día. Pero, ¿se puede considerar arte a estas imágenes? El subdirector del Museo Reina Sofía considera que todavía no se ha alcanzado ese punto, que “aún no añaden arte al arte”. “Lo digital está aumentando las posibilidades de la creación artística pero aún se están dando los primeros pasos. No obstante, todo es posible y hay que estar atento a todo lo nuevo”, considera.

Retina

19/09/2018
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